Vivimos constantemente 80 milisegundos en el pasado, el
futuro es tan real como el pasado y fluye hacia el presente; el tiempo y la
percepción están estrechamente ligados, de tal forma que al pensar qué es el
tiempo no logro responder, posiblemente porque la respuesta que estoy buscando
es con lo que estoy buscando.
“Cuando no me preguntan qué es el tiempo, lo sé; cuando me
lo preguntan, no lo sé”, escribió San Agustín. La frase refleja la naturaleza
inaprehensible y paradójica del tiempo, uno de las grandes temas de la
reflexión filosófica de todas las épocas que recientemente ha pasado sobre todo
al ámbito de la física y de la neurociencia.
Quizás la definición más significativa del tiempo en los
últimos 150 años sea la de Einstein, quien hizo de este elusivo y a la vez
tiránico elemento de la realidad una parte integral de la geometría del
universo (la cuarta dimensión), ligándolo
al espacio como un continuum y entendiéndolo como relativo a la
velocidad con la que se mueve un objeto (tal que alguien moviéndose a la
velocidad de la luz no percibiría el paso del tiempo). Sin embargo, los misterios del tiempo (la
imagen en movimiento de la eternidad, según Platón) están lejos de agotarse y
han sido examinados de manera fascinante en la reciente conferencia de FQXi en
Copenhague, donde participaron algunas de las mentes más brillantes de la ciencia
moderna.
1. El tiempo existe - Esta es la conclusión a la que
llegaron los participantes de la conferencia. Aunque su existencia podría no ser
fundamental, solo una propiedad emergente de la gravedad cuántica. La
conferencia no entró en detalles filosóficos y muchos menos metafísicos (ya que
esto sería contradecir su profesión), pero nosotros podemos preguntarnos, sin
estar supeditados al método de razonamiento científico, si el tiempo es sobre
todo un un reflejo de la mente en el espacio, un orden proyectado por el
fenómeno emergente de la conciencia y, como tal, existe en relación a la
conciencia o conciencias que se reflejan en el universo. Según el misticismo
oriental existe una conciencia absoluta que se experimenta a sí misma a través
de todas las conciencias individuales y grupales —y se percibe de manera
simultánea, supratemporal. Y si el tiempo existe de manera colectiva, inscrito
en el telar del universo, ¿no podría ser justamente un pensamiento en esa mente
universal? Nuestro tiempo, ¿la duración de su sueño?
2. El pasado y el futuro son igualmente reales - La física
enseña que todos los eventos en el pasado y en el futuro están implícitos en
todo momento presente. El mismo Einstein creía que el pasado y el futuro eran parte
de una unidad existencial y escribió: “Para nosotros los físicos la separación
entre pasado, presente y futuro es una ilusión, aunque una convincente”. Que
nos cueste entender que toda la existencia
—todo el tiempo— del universo está ligado en un flujo continuo de
concatenación ubicua tiene que ver con que nuestra percepción es muy limitada,
y lo que vemos, el tiempo que percibimos, es el resultado de cómo está
construida nuestra percepción. En un
sentido puramente físico, la información —como un salmón cuántico— viaja tanto
del pasado hacia el futuro como del futuro al pasado. En palabras de Einstein, al menos la sucesión
temporal unidireccional, es una ilusión.
Podríamos pensar el universo,
regresando a la concepción de la conciencia brahmánica, como un solo
instante que se fractaliza en todos nuestros instantes, y se recrea.
3. Todos experimentamos el tiempo de manera distinta - Esto
es verdad a diferentes niveles, tanto física como biológicamente. La visión del tiempo universal newtoniana (el
universo como un divino reloj) ha sido refutada por la física de la
relatividad. Desde un punto de vista biológico y neurológico, el tiempo que
puede medir un reloj atómico no tiene la relevancia que tienen nuestros propios
ritmos circadianos (nuestro reloj biológico) y nuestra acumulación de memorias.
Esto hace que la percpeción del tiempo varíe según quiénes somos, cuántos años
tenemos, qué hemos vivido y qué estamos viviendo en ese momento (el
neurocientífico David Eagleman realizó una serie de experimentos que muestran
cómo cuando estamos asustados, y en general bajo el influjo de la novedad, el
tiempo parece pasar más lento). Esto explica también por qué el tiempo aparenta
pasar más rápido cuando envejecemos, ya que entre más vivimos, generalmente más
repetimos cosas que ya hemos vivido antes. Así que para ser jóvenes —al menos
en percepción— la clave está en hacer cosas nuevas. Sería interesante aplicar
este razonamiento a las experiencias cercanas a la muerte, que reportan
supuestos estados de percepción temporal en los que “toda una vida” puede
flashear en un segundo, acaso al entrever el agujero negro de la “singularidad”
el estado de novedad es tanto que, como si viajáramos a la velocidad de la luz
por un instante, percibimos una dilación temporal que simula la eternidad.
4. Vives en el pasado - Una versión diminuta del desfase que
produce la relatividad —las estrellas que vemos en el cielo brillan con luz de
hace miles de años, por ejemplo— es que
existe una diferencia —mínima, pero
físicamente real— entre el acaecimiento de un evento y nuestra
percepción del mismo, lo que implica que vivimos 80 milisegundos en el pasado.
“Cuando piensas que un evento ocurre, ya ha sucedido”, dice David Eagleman. En
cierta forma esa clave espiritual de vivir en el presente nos es
imposible. Nuestro cerebro tarda 80
milisegundos en ensamblar una experiencia consciente después de percibir una
señal. Esto ocurre porque nuestro
cerebro se toma el tiempo de sincronizar todo lo que percibimos, cuando las
cosas ocurren a diferentes velocidades y a diferentes distancias (por ejemplo
el sonido y la luz viajan a diferente velocidad, algo que cotidianamente
podemos percibir en un rayo). Asi que rigurosamente siempre estamos haciendo
una neurosíntesis pretérita de lo ocurrido —¿cómo mirar a la naturaleza real
desnuda sin ningún filtro?— y el zen es memoria.
5. Tu memoria no es tan buena como pensabas – Las mismas zonas del cerebro se activan
cuando imaginamos algo en el futuro que cuando recordamos algo en el pasado.
Esto hace que se atenuen las líneas entre lo vivido y lo imaginado y que
fácilmente podamos confundir recreaciones y proyeccciones con hechos “reales”
experimentados. Al mismo tiempo, cada vez que recordamos algo, recurrimos a esa
memoria no como ocurrió originalmente, sino como la recordamos la última vez
(un salvar archivo como). Podemos deducir entonces que recreamos constantemente
nuetras vidas, nos las re-presentamos con recuerdos que modifican lo sucedido
pero aparentan tejer su narrativa como si fueran objetivos. Si a esto le
agregamos que las cámaras de nuestros ojos están atravesadas por neuronas y la
primera imagen que vemos ya es en sí misma un recuerdo del instante, entonces
no debe de parecernos extraño que muchas
personas crean que creamos la realidad y duden
de la existencia de una realidad independiente de la mente. —y si existiera,
¿óomo percibirla?
Un caso interesante (relacionado con varios de los puntos
expuestos) es el de la tribu amazónica de los amondawas, quienes no tienen un
lenguaje para describir el tiempo y, por lo tanto, no distinguen entre un
evento y el tiempo en el que sucede, están embebidos en un mismo plano
dimensional, como un barco que fuera también el río en el que navega. ¿Tal vez
es el lenguaje, aquello que nos distingue de los animales y nos otorga la
divinidad de nombrar (y por lo tanto conocer), lo que nos expulsa de la
eternidad del presente, al hacernos vivir en la reflexión, en el reflejo de las
cosas?
6. La conciencia depende de la manipulación del tiempo –
Aunque el hipotético presente perpetuo parece estar fuera del reino del
lenguaje y su naturaleza sucesiva (solo los jeroglíficos buscan atentar contra
esta temporalidad creando imágenes y símbolos multidimensionales), algunos
neurocientífcos creen que no podríamos tener conciencia de esta silenciosa
eternidad, ya que justamente es nuestra capacidad gramática de manipular el
tiempo —de imaginar futuros alternativos y construir sus posibilidades
lingüísticamente— lo que define la
particularidad de nuestra conciencia.
Esta especie de negociación de realidades y de proyección de escenarios es
parte intrínseca del ser humano, un ser que no solo sabe que es, sabe que
podría ser otro.
7. El envejecimiento puede ser revertido – La tendencia del
universo es hacia la entropía (el desorden y la decadencia), pero las piezas
individuales del puzzle pueden ir en contra de la guadaña de Cronos (y una
prueba de ello es que podemos construir refirigeradores). Evitar el envejecimiento ya se consigue de
manera natural por un tipo de medusas caribeñas y actualmente la ciencia ha
avanzado detectando la enzima del envejecimiento, la telomerasa, induciendo un
proceso de rejuvenecimiento celular en ratas. La nostalgia de una eterna
primavera de plenitud física podrá ser en el futuro solo eso, un recuerdo.
8. Una vida es mil millones de latidos - Todavía no hemos
vencido la muerte y mientras tanto compartimos con todo la vida conocida un
proceso de finitud. Pese a que pensamos que nuestra vida es mucho más larga (y
rica) que la de un mosquito, en cierta forma, sobre todo entendiendo que el
tiempo es relativo a la velocidad y a la percepción, todos los animales vivimos
lo mismo. Existe una notable relación entre masa corporal y metabolismo: los
animales más grandes viven más pero metabolizan más lento, por lo cual palpitan
menos. Estos efectos se cancelan de tal manera que una ballena azul y una
musaraña experimentan casi el mismo número de latidos en su vida. Y si el corzón es el marcapaso, el gran reloj
de fuego, tal vez no sería incorrecto
decir que todos vivimos la misma cantidad de tiempo.
No hay duda que el tiempo, el río de espejos en el que
(auto)conocemos el mundo, es un profundo misterio. San Agustín, doctor de la Iglesia y versado
como pocos en filosofía y metafísica, no logró responder a la pregunta de los
hexagramas mutantes, probablemente porque al intentar contestar qué es el
tiempo, la respuesta se veía comprometida por una paradoja: aquello que buscaba es con lo que
buscaba. Como dijera Borges: ”El tiempo es un río que me arrebata, pero yo
soy el río”. Cuando la serpiente se muerde la cola lo sabe, pero entonces ya no
puede decir nada.








